Puertas entreabiertas

¿A quién no le gusta la frase  “cuando una puerta se cierra, una ventana se abre”?

Esa frase deja una puerta – valga la redundancia- abierta  a la esperanza, a que siempre estará la luz al final del túnel, a que al final de la página, te espera un nuevo capítulo.

Sin embargo, la frase de Alexander Graham Bell continúa: “Cuando una puerta se cierra, otra se abre, pero a menudo vemos tanto tiempo y con tanta tristeza la puerta que se cierra que no notamos otra que se ha abierto para nosotros”.

Hasta hoy no me había parado a pensar que, se puede tener más de una puerta abierta al mismo tiempo.Es decir, se puede leer el capítulo siguiente, sin haber llegado hasta el final del anterior. Es como la sensación que experimentas cuando te adelantas varias páginas de un libro, con el fin de descubrir qué sucede con los personajes. Saltamos descripciones, narraciones, saltamos todo lo que no sea indispensable para satisfacer nuestra curiosidad intrínseca.

Lo mismo ocurre cuando navegamos por internet, tenemos mínimo dos o tres pestañas abiertas, y eso sin mencionar los programas que tengamos minimizados en nuestro escritorio.

En la vida a veces, actuamos de igual manera, nos adelantamos a los acontecimientos, antes de que ocurran, intentamos abrir ventanas, antes de haber cerrado la puerta a experiencias pasadas, y no caemos en la cuenta de que mientras esa puerta siga entreabierta, tendremos una cuenta pendiente, un asunto sin resolver con nosotros mismos.

Observando a gente de mi entorno, varias veces me he preguntado por qué actuamos así. O que es lo qué se esconde detrás de esa tendencia, ¿tenemos miedo a lo desconocido o es lo malo conocido lo que nos aterra más?

Resulta paradójico los mecanismos que desarrolla la mente humana para no avanzar, para quedarse en standby, en un estado de inactividad permanentemente.

Nos autoconvencemos que de que todo está bien, de que no ha  pasado nada, de que hay que seguir adelante, de que algo está superado, pero ¿qué pasa si no lo está?

O mejor dicho, ¿qué se puede hacer cuando alguien te dice eso, y tú eres perfectamente consciente de que se está cubriendo no sólo los ojos, sino el rostro entero con una tela multicolor?

Dice otro dicho “que no hay más ciego que él que no quiere ver”, sin embargo este dicho no tiene en cuenta, que a veces para ver hay que creer, hay que creer en lo que sea, hay que tener fuerza de voluntad para decidir qué estás preparado para ver, para descubrir la verdad sobre ti mismo, aunque eso signifique tener que reconocerte en tu lado más oscuro.

Solo así se pueden cerrar puertas, y abrir ventanas.

Solo así se deja entrar el aire que te regenera. Que te acaricia el rostro como la brisa del mar. Que te embriaga con su aroma, mientras te envuelve con sus brazos en un halo de bienestar indefinido.

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